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Zoé




Zoé en la red

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Entre tanta fiesta, aquello tenía un secreto aroma de despedida. El año era 2005, el escenario, el diminuto club-centro cultural-restaurante Pasagüero (que por entonces contaba con todo lo necesario para preparar los mejores chilaquiles del DF). La luz que se dejaba ver pertenecía al conjunto mexicano Zoé.

Terminaba el periodo de Rocanlover (2003) su segunda obra de larga duración, ellos materialmente se desbordaban del escenario. Si alguien cupo, fue porque llegó temprano. Si alguien permaneció en silencio, sin seguir los coros, los versos de cada pieza, fue porque se metió al lugar equivocado. Allí quedó, sobre la pequeña tarima de ese sitio clave para la escena mexicana de la segunda mitad de la presente década, el primer Zoé: el conjunto pequeño transformado por la constancia, por el trabajo rudo, en fenómeno. Para este quinteto que comenzó el Siglo con la grabación de su primer, homónimo álbum, el siguiente acto habría de llegar con un una obra breve de éxito descomunal (el EP Dead, 2005), ejemplares vendidos por decenas de miles (su obra siguiente, Memo Rex Comander y el corazón atómico de la Vía Láctea desplazó 50 mil unidades en cuatro semanas y llegó a ser disco de platino con un total de 130 mil copias vendidas), conciertos llenos en recintos mexicanos tan importantes como el Teatro Metropólitan, el Auditorio Nacional o el Palacio de los Deportes y una grabación en directo que da cuenta de la euforia.

¿Qué ha podido hacer el grupo más importante de su generación para continuar el trayecto? Por principio de cuentas un disco singular que en la vieja tradición de las obras publicadas en acetato aprovecha al máximo un periodo cercano a la media hora. Reptilectric es el nombre de la astronave, la tripulación se encuentra nuevamente conformada por el cantante León Lárregui, el guitarra Sergio Acosta, el bajista Ángel Mosqueda, el tecladista Jesús Báez y el batería Rodrigo Guardiola. Durante “Reptilectric” la primera pista, podemos atestiguar el contacto del rock espacial con referencias mayas. “Quiero libertad en un mundo material”, exige la voz entre una cascada de aporreos. El Bowie aquel de Ziggy Stardust pareciera haber elegido Chichen Itzá para su siguiente aventura.

Las siguientes canciones, “Nada” y “Sombras” mantienen a tope los controles. La primera puede describirse a la perfección con el siguiente fragmento de su propia letra: “Magia pura para el corazón”, los entusiastas de Rocanlover hallarán conexiones entre el poderoso sonido de aquel álbum y el de esta canción, que desde la lejanía del tiempo le hace un guiño cariñoso. La segunda despliega una introducción de guitarra que de inmediato atrapa para conducir a una explosión de sonido donde es posible encontrar, incluso, el sonido de un órgano.

“No hay dolor” llega solicitando especial atención, representa tanto uno de los momentos cumbre en Reptilectric como una de las composiciones más lúcidas la carrera de esta agrupación que su buena cuenta tiene ya de éxitos radiofónicos. Su encanto puede llevar a pensar en un abanico de referencias, Lo cierto es que están todas correctamente asimiladas y transformadas en algo nuevo, lo cierto es que aquí, Zoé se reconoce heredero de la tradición del pop de tiniebla.
Ante tal intensidad un paraje desnudo, aunque no por ello menos sorprendente: la canción “Poli” que se brilla con “destellos de mil años luz”.

Los autores de “Love” han mantenido al productor Phil Vinall en sus filas, el bajista Ángel Mosqueda describe el trabajo efectuado con él en estudio de la siguiente forma: “Phil Vinall se involucró nuevamente desde la preproducción. Llevamos ocho meses trabajando en esto. Está contento. No es un productor común, no sé cómo haya trabajado con sus otras bandas. Debe haber visto de todo. Para nosotros es, definitivamente el sexto integrante. De repente dice “nuestras canciones”. Cuando lo oigo, en lugar de sentir celos, como pudiera pasarle a otros músicos, me da gusto. Es muy buen amigo nuestro. Este álbum tiene su toque al 100%. Ha sido nuestro gurú en muchos sentidos”.

El grupo sigue trabajando con esa complicidad de pandilla ideal que no siempre puede mantenerse cuando ha llegado el éxito; la vida les sigue reuniendo para el ritual de escuchar un disco y disfrutarlo en colectivo, así lo explica Mosqueda: “Durante este año el disco nos ha volado la cabeza es el de MGMT. No dejamos de escucharlo en las fiestas. Cada vez que se abre una botella alguien lo pone y no dejamos de disfrutarlo. Es, para nosotros uno de esos discos especiales que te marcan, por lo menos el año. La música se mete en el tiempo y cuando regresas a una canción regresas también en el tiempo. Cada quien ha estado escuchando sus discos, pero cuando estamos juntos el de MGMT nos encanta. A mí me gustó mucho el nuevo de Portishead, lo escucho en el coche. Aunque no le agrada tanto al resto de la banda”.

“Resiste” es un pasaje de Reptilectric abundante en experimentos pertenece a otro, prueba de que son varias las rutas que ahora es capaz de recorrer el su sonido. “Neandertal” por su parte pone sobre la mesa un directo cuestionamiento al poder. Aquí es notorio un elemento que ha estado presente durante todo el recorrido: la voz no sólo ha sido mezclada con pulcritud, ha sido además utilizada no como el elemento que queda al frente de todo sino como un instrumento capaz de añadir niveles de dramatismo dependiendo el plano donde aparezca. La sección rítmica despliega aquí un trabajo sorprendente.

El final del disco está cerca, la astronave se prepara para emprender de nuevo el vuelo mediante la cruda “Fantasma”. Llega también “Luna” canción pop descomunal que nos mantiene en los territorios del rock del espacio. Si alguien se ha preguntado en algún momento cómo podría abordar este quinteto los retos de una pista de baile, prepárese para escuchar “Últimos días (Last Days)” canción que abre un universo nuevo tanto para el grupo como para sus entusiastas. Centenares de grupos del llamado nu rave sólo podrán contemplar cómo este vehículo ejecuta su salto al hiperespacio.

La pieza final, “Babilonia” con sus tintes de rock épico, sus grandilocuentes aporreos, presenta una construcción lírica impecable donde aparecen cápsulas de paz, cucharadas de amores. Llegan a la mente grandes nombres del rock latinoamericano que se han distinguido por saber emplear el castellano como herramienta elástica capaz otorgar un carácter único al género en la región. Mediante esta pieza el nombre de Zoé está allí, con ellos.
¿Y qué ha sido lo más gratificante de todo esto? Mosqueda responde:
“Antes no me gustaba tanto tocar, al principio nos costó trabajo ejecutar las canciones en directo, como que estábamos muy acostumbrados a estar en el estudio, lo cual no deja de gustarnos. Le he agarrado mucho gusto a los conciertos. Ahora las condiciones para nuestras tocadas están mucho mejor, hemos logrado tener un equipo mucho más profesional, nosotros mismos ya nos la pasamos bien la mayoría de las veces. Hacer discos nos encanta también.

Aquellas noches de 2005, Zoé se despidió de las tarimas pequeñas. Lo que entonces era un secreto que se olía en medio de la fiesta es ahora dato conocido: salieron de allí para armarse una nave grande y dar vueltas por el universo. Por aquí pasan, se ve la luz.

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