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Benny




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Por León Krauze
Aunque él no lo supo sino hasta años después, Benny Ibarra es mi amigo desde 1984. Como miles de niños mexicanos que lo conocimos entonces, Benny, el carismático y natural líder de la “banda Timbiriche”, era un ejemplo a seguir. El tipo lo tenía todo. Cantaba, bailaba, tocaba la guitarra, era, como dicen algunos, “el que se queda con la chica al final de la noche” (o la tarde, dado que todos éramos tan pequeños). La voz de Benny siempre estuvo ahí. La recuerdo de fondo cuando competí, contra dos de mis mejores amigos, por el amor de una niña en la primaria. Nada como tratar de imitar su seguridad y su sonrisa para alcanzar el corazón femenino que, claro, suspiraba por encontrarse a alguien que fuera precisamente como él. No exagero si digo que aquel Benny nos llevó de la mano hacia el primer amor.

Desde muy temprano, Benny decidió que su camino sería sólo suyo. Desafió a consejeros profesionales, personales y (estoy seguro) hasta comerciales para dejar Timbiriche y emprender la marcha a la soledad de quien reniega del resplandor de los escenarios “especialmente diseñados” y sueña, en cambio, con darle al mundo un rostro limpio, algo que venga desde adentro, esencial. Eso es lo que lo hacía irresistible cuando niño y es lo que lo hace entrañable ahora. Benny Ibarra ha sido siempre un rebelde con causa: la música, su música. Y no ha escatimado para alcanzar su propósito. Ha puesto en juego lo único que, en el fondo, tiene un artista: su vulnerabilidad.

Benny no canta de los dolores de otros, de los amores de otros, de la familia de otros. Benny le compone y le canta a sus propias heridas y sus propios despertares. Le canta a su compañera de toda la vida, con la que ha enfrentado la marea del amor desde que, precoz como es, apenas rebasaba los 18 años. Con esa misma fiereza auténtica les canta a sus hijos; protege a su primogénita y marcha, solidario, con su hijo menor. Su obra es la inmersión en el alma del músico y el ser humano detrás del músico. Estoy convencido de que quien escucha la música de Benny comienza una conversación con este hombre que ha estado, desde hace décadas ya, sentado a nuestro lado. No es cualquier cosa. Se necesita valentía para exponer así el alma, para confiarle a millones la intimidad.

 

En Benny, por lo demás, ocurre otro milagro: los años, que son generalmente tan puros, no han hecho más que reconciliarlo aún más con esa persecución casi obsesiva de lo propio, de lo auténtico. El Benny de este disco mira al pasado con ternura – emoción muy suya – pero abraza también la alegría de lo que vendrá en lo que, para él y para nosotros, será la segunda mitad de la vida. Es un Benny lleno de alegría y entusiasmo frente al porvenir. Si uno lo escucha en la oscuridad – sin distracciones, con espíritu de comunión – es posible distinguir ahí, entre la voz suave que susurra, a Benny abriendo de nuevo sus puertas, corriendo el telón para ejercer, con nosotros, la amistad de toda una vida. Yo, como desde que lo vi por primera vez a mis nueve años, acepto honrado la invitación.

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